La de los adolescentes cacheados para entrar al colegio se transformó en una imagen muy fuerte de la semana. Producto de la preocupación de padres y sociedad en general por la reiteración de casos, la respuesta, en mirada de los especialistas debería ser más integral. Aquí el análisis de un sociólogo, un psicólogo y un psiquiatra para acercarse al problema desde una mirada multidimensional. Desde el MEC dan cuenta que en mayoría son episodios motivados por retos o desafíos planteados en redes y que se activan protocolos y acciones para intentar prevenirlo.
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| Carlos Peris |
Para el sociólogo Carlos Peris lo que no debe hacerse es “caer en el pánico moral ni en el reduccionismo. Las amenazas no surgen de la nada: son síntomas de procesos sociales más profundos. Estamos ante una crisis de integración social, donde los lazos que unen a los jóvenes con sus comunidades, instituciones y proyectos de vida se han debilitado considerablemente”, recuerda. Agrega que “A eso se suma la exposición sostenida a narrativas de violencia, la precarización de la vida cotidiana de muchas familias paraguayas y la sobre exposición descontrolada a las redes sociales”, apunta.
Peris, que es director del Programa de
Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales (FACSO-UNA) entiende que para
intentar resolverlo “lo que se puede hacer, es actuar en varios niveles
simultáneamente: el escolar, el familiar, el comunitario y el institucional. No
hay una solución única ni rápida”.
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| Martín Negrete |
Negrete, que es Investigador y consultor en
temas de salud pública y mental destaca que el fenómeno “tiene un componente de
contagio social: cuando una amenaza recibe atención masiva, se convierte
involuntariamente en un modelo para otros jóvenes que buscan visibilidad o
atención. Los medios de comunicación tienen una responsabilidad enorme en cómo
cubren estos eventos. Informar con detalle, con nombres, con dramatismo
excesivo alimenta el ciclo. Estos casos necesitan que periodistas, psicólogos e
instituciones educativas construyan juntos una narrativa pública que no
romantice ni amplifique estas conductas, sino que ponga el foco en la
prevención, la escucha y la respuesta comunitaria”, apunta.
Para el psiquiatra Aldo Castiglioni, “lo
primero es no minimizar la situación, pero tampoco sobredimensionarla de manera
que genere pánico. Las amenazas deben ser tomadas siempre en serio, con
protocolos claros de verificación y respuesta rápida”.
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| Aldo Castiglioni |
Respuestas
institucionales
Negrete apunta que las respuestas
institucionales suelen involucrar “más control, vigilancia, sanciones. Eso es
comprensible pero insuficiente. Lo que se espera es una respuesta que combine
la seguridad física con la intervención psicosocial sistemática. Se necesita
con urgencia protocolos de intervención en crisis que incluyan equipos de salud
mental escolares entrenados, no solo guardias de seguridad”.
Peris recuerda que en principio “tienden a
privilegiar la dimensión securitaria y no está mal como medida de emergencia,
pero es claramente insuficiente. Falta la integralidad, me preocupa que la
respuesta derive en pura penalización de los adolescentes. Muchas de estas
amenazas provienen de chicos en situaciones de extrema vulnerabilidad
psicológica y social, no de potenciales asesinos. Tratarlos como criminales
antes de escucharlos es un error que profundiza el problema”, señala.
Castiglioni espera que se dé “una respuesta
organizada y coherente. Esto incluye protocolos claros de actuación,
comunicación responsable con las familias y articulación con fuerzas de
seguridad cuando sea necesario. Las instituciones deben avanzar hacia la
capacitación docente en detección temprana de señales de alerta,
fortalecimiento de equipos técnicos y desarrollo de programas de convivencia
escolar”.
El sociólogo Peris entiende que es
“imprescindible”, buscar un espacio de diálogo asambleario con los estudiantes:
“Es perfectamente viable si hay voluntad política y pedagógica. La escuela
tiene que recuperar su dimensión como espacio de palabra. Los adolescentes están
atravesando transformaciones enormes en su identidad, en su relación con la
tecnología, con la violencia que ven en sus barrios, con la incertidumbre del
futuro y en muchos casos no tienen adultos dispuestos a escucharlos de verdad”.
Apunta entonces que “las asambleas
escolares, los espacios de escucha activa, los círculos restaurativos tienen
evidencia empírica a favor. Lo que se necesita es que los docentes se animen a
ceder protagonismo porque es un proceso de todos, especialmente de los niños
que no son sujetos pasivos”.
Negrete coincide en la importancia de abrir
más espacios de escucha y diálogo: “Los adolescentes que emiten amenazas, en la
mayoría de los casos, llevan meses o años sintiéndose ignorados o violentados
dentro de sus propias instituciones educativas. Las asambleas, los círculos de
diálogo y los espacios de escucha activa tienen un potencial preventivo enorme
porque permiten que el malestar encuentre un canal de expresión legítimo antes
de que escale”.
Señala que “estos espacios deben ser
genuinos: los jóvenes detectan rápidamente cuándo se los convoca para cumplir
una formalidad y cuándo porque su voz realmente importa. La diferencia entre
uno y otro puede ser la que hay entre prevención y crisis”.
Para Castiglioni estas instancias
participativas “ayudan a construir sentido de pertenencia y a disminuir la
violencia. Cuando los jóvenes sienten que su voz importa, es menos probable que
canalicen su malestar de forma destructiva. Eso sí, estos espacios deben estar
bien acompañados por adultos capacitados, para que no se conviertan en simples
catarsis sino en oportunidades de construcción colectiva”, concluye.
Formarse en prevención y diálogo
“Los casos analizados son retos virales, no
hay un indicio de algo que tenga mayor fuerza o raíz profunda, la tendencia es
que lo hacen por querer ser reconocidos, observados”, dice Leda Palmerola del
Ministerio de Educación (MEC).
Si bien los casos siguen siendo analizados,
básicamente ése es el cuadro de situación que se da en promedio. “Tenemos que ir indagando más, de una vez no
vamos a tener toda la visualización. Se hacen entrevistas y distintos
acercamientos e iremos viendo, van a ir saliendo otras situaciones que hacen a
que los comportamientos se presenten como la falta de acompañamiento familiar:
Quedan los chicos solos, los padres trabajan todo el día y no tienen tiempo
para hablar con ellos, para conversar de lo que les importa sin juzgar, sin una
mirada adultocentrista”, expone.
| Leda Palmerola |
Explica que no sólo se busca atender una
denuncia por amenaza de tiroteo, sino que también ir viendo otros trasfondos
que suelen aparecer como violencia intrafamiliar, maltrato, abuso sexual y
otras conductas conflictivas que son recibidas por las docentes. “Ellas
perciben las situaciones de vulneración y allí se inicia el proceso con los
organismo predispuestos a colaborar”, expone.
Diálogo
y formación
Según Leda Palmerola se va analizando lo
que depara cada caso particularizado, pero siempre se sugiere a los colegios “crear
espacios, conversatorios, trabajando todo lo que tenga que ver convivencia
sana, liderazgo de los estudiantes con sus pares, para que acompañados de sus
coordinadores se pueda mejorar el clima escolar en todas las dimensiones”.
Apunta allí que se tuvieron “experiencias
positivas en el Colegio Ysaty donde se fue fomentando el buen trato y la buena
convivencia con ayuda de las familias”.
Expone a su vez que existen esfuerzos para
vincular a los adultos: “Hemos intentando alternativas, escuela para padres en
el horario que pueden, webinarios para que les llegue la información,
mensajería con flyers y otras que seguimos poniendo en marcha para poder contar
con ellos y que puedan fortalecer su formación de padres”, dice.
Por otra parte asegura que se avanza
también en lo curricular. “Estamos trabajando con la prevención primaria en el
curriculum nacional”, cuenta, señalando MEC incorpora ya en la formación de las
docentes herramientas para atender este tipo de problemas.
“En cada área se trabaja con la prevención
de violencia, autocuidado, factores protectores, ésa es nuestra primera llegada
en cada aula y una vez que suceden estas cosas tenemos un protocolo para
actuación y materiales para acompañar a los docentes para ayudarlos en cómo trabajar
en la prevención”, dice amplificando el concepto.
Indica que cuando se dan las amenazas, los equipos del MEC se acercan a los establecimientos. “Tenemos proyectos que trabajan en riesgos socioemocionales, prevención de abuso sexual infantil y otros temas que hacen a las comunidades educativas porque cada aula refleja un microclima de la sociedad actual”, recuerda.
¿Qué hacer con los adultos?El sociólogo Peris establece la importancia
de que adultos, sean estos padres, docentes o directivos tengan espacios de
formación y de elaboración. “Muchos reproducen, sin saberlo, las mismas lógicas
de violencia simbólica que después se expresan en los jóvenes. La violencia no
empieza en el aula: muchas veces empieza en el hogar, en la relación pedagógica
autoritaria, en el "a mí me pegaban y aquí estoy." Hay que trabajar
con los adultos en clave de corresponsabilidad, no de culpabilización. Eso
implica talleres, espacios de reflexión, y sobre todo un cambio cultural que
lleva tiempo. La escuela no puede hacerlo sola; necesita aliarse con
organizaciones de la sociedad civil, con las iglesias, con los barrios”,
propone.
La cuestión del tiempo real de los adultos surge como un
problema a sortear: “Entre los tres trabajos que se necesitan para llegar a fin
de mes ¿Se tiene tiempo real? Hoy el maestro, por ejemplo, está más tiempo
completando su planilla pedagógica que viendo a los niños”, critica.
Negrete entiende que “los adultos son la
variable más subestimada de esta ecuación porque muchas veces no saben cómo
leer las señales de alerta tempranas (el aislamiento progresivo, los cambios
bruscos de conducta, el discurso de venganza o de desesperanza) porque nadie
los entrenó para ello”, explica. “Trabajar con los adultos significa formarlos
en detección temprana de conductas de riesgo, pero también en regulación
emocional propia: un docente o un padre desbordado emocionalmente no puede ser
el primer respondedor de un adolescente en crisis. La escuela segura empieza
por adultos que se sienten capaces de nombrar el problema sin minimizarlo ni
dramatizarlo”, dice.
Castiglioni coincide con las propuestas y agrega que “también es importante revisar las formas de comunicación con los adolescentes: pasar de una lógica más punitiva a una más comprensiva y preventiva. Además, los adultos deben ser modelos de gestión de conflictos. La forma en que los adultos resuelven tensiones influye directamente en cómo los jóvenes aprenden a hacerlo”, concluye.
Redes y violenciasEl psiquiatra Aldo Castiglioni recuerda la
centralidad de las redes sociales en este conflicto: “Muchas de estas amenazas
se amplifican rápidamente y pueden generar efectos de imitación o escalada. Por
eso, es importante enseñar a niños y adolescentes a comprender cómo funcionan
las redes sociales y la información en internet, no solo a usarlas”.
Considera fundamental que puedan
“distinguir entre una amenaza real y una broma de mal gusto, entender las
consecuencias legales y emocionales de publicar ciertos contenidos, y saber que
lo que se comparte en redes puede amplificarse rápidamente. Que los estudiantes
sean conscientes del impacto de lo que publican o reenvían. Muchas veces,
compartir una amenaza “en chiste” o reenviar un mensaje alarmante sin
verificarlo puede generar miedo real en el alumnado”.
Aprender a verificar fuentes, es otro
imperativo: “También, es clave enseñar a no difundir contenido sensible sin
confirmación oficial, y a recurrir a fuentes confiables. En situaciones de
crisis, la desinformación puede empeorar el problema”.
A su turno el sociólogo Carlos Peris pone
el foco en un dato de actualidad: “La relación entre estas amenazas y el avance
del narcotráfico en el tejido social paraguayo. En mis investigaciones he
documentado cómo las organizaciones criminales penetran comunidades, ofreciendo
pertenencia, dinero y protección a jóvenes que el Estado y la familia no
lograron contener. Ese es un vector de violencia escolar que no podemos
ignorar. No estoy diciendo que cada amenaza de tiroteo sea obra del narco, sino
que el contexto de violencia normalizada en el que crecen muchos de nuestros
adolescentes tiene ese telón de fondo”, recuerda.
Jorge Zárate
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