18 de febrero de 2026

Banco Marina, un privilegiado balcón al río Paraguay


Un grupo de 20 familias sigue apostando a la vida en un histórico banco de arena en medio del río Paraguay a unos 80 kilómetros de Asunción entre los departamentos de Cordillera y Presidente Hayes. A pesar del aislamiento y la falta de acceso a muchos servicios, aseguran que no cambiarían este lugar por ningún otro.

 


Los bancos Marina, Peñón, Pilar Kue, Palmasola y Guasu fueron formándose en el tiempo por obra y arte del río Paraguay entre los departamentos de Cordillera y Presidente Hayes. Ideales para la pesca, fueron atrayendo población desde hace más de un siglo, gente que encontró en ellos una forma de vida a la que es difícil de renunciar.

Crispín Narváez
 En la primera de las casas nos recibe Crispín Narváez, el resistente residente de Banco Marina. Allí sin agua potable, con la energía que consigue con un generador a combustible, viven su familia y otras veinte, siempre expuestas a las inundaciones.

En un entorno de vegetación, vuelo de aves y el eterno bajar del río transcurre esta historia. A sus “79 años con 10 meses”, desde su notable balcón natural al río Paraguay, este pescador, agricultor y pequeño ganadero cuenta que la creciente de 1989 lo obligó a salir y al volver tuvo que reconstruir casi todo. Igual afirma: “No cambiaría este lugar por ningún otro”.

“Yo nací aquí en esta isla”, cuenta don Crispín bajo la sombra frondosa de un chapeu que él ha visto crecer. “Fue el capitán Lázaro Aranda, un oficial de la Armada, uno de los primeros que pobló este lugar y dicen que él le bautizó Banco Marina”, dice de los orígenes del nombre de este espacio de más de 300 hectáreas rodeado siempre por las aguas del río que constantemente esculpen su forma.

“Era más grande aquí, pero después el río comió la barranca”, relata Crispín, que se acerca a los 80 años. “Antes vivíamos unas 50 familias, pero ahora solo quedamos unas 20”, recuerda.

Despoblación

Las inundaciones, la baja en los recursos pesqueros, se suman a las causas de esa despoblación. “Imagine que el río llegó a subir a dos metros más arriba de aquí donde estamos conversando”, cuenta. Parece increíble cuando se mira barranca abajo, donde a unos dos metros debajo están amarrados el pequeño barco de Narváez y la lancha que acercó al equipo de Nación Media.

“Con este barco llego en tres horas a Villa Hayes, que está a unos 60 kilómetros y de allí traigo mis provisiones, el agua traemos en bidones de 20 litros”, cuenta. En el subsuelo no hay agua buena, es muy salada, por lo que tienen que recoger agua de lluvia o tratar la del río Paraguay para tener agua de uso familiar. “En una lluvia grande podemos juntar hasta 300 litros”, revela Crispín.

 


Este hombre tiene 11 hijos, 25 nietos y tres bisnietos. “Casi todos mis hijos están en la ciudad (la Gran Asunción), ahora vino una de ellas que quiere quedarse aquí por una cuestión de salud”, dice mientras se acercan para la foto familiar Lourdes y Sara Narváez, las niñas Maia y Ailén y Arnaldo Ortiz, las personas que conviven en las humildes casas de la isla.

Crispín, Arnaldo, Ailén, Maia, Lourdes y Sara Narváez
Lourdes cuenta: “Hace cuatro meses que vine a quedarme. A mí me viene bien la vida en el campo, porque es un relax total, se respira aire puro. Vine para ayudar a papá a restablecer su salud y ya me fui quedando”, comenta.

“Ahora estamos limpiando y tratando de reactivar la chacra, pero tenemos nuestras cositas, mandioca, yuty, mamón, hortalizas, pero me hacen falta brazos. ¡Me falta un marido para que me ayude en el campo!”, exclama entre risas.

Supervivencia

Crispín Narváez cuenta que en un tiempo supo tener un bungalow que alquilaba a pescadores deportivos que proliferan en la zona entre septiembre y noviembre, cuando la pesca embarcada es buena y se pueden conseguir buenos surubíes y pacús.

“Después vinieron las crecidas y se desplomó con la barranca, ahora pasan los pescadores de vez en cuando, igual aquí se pueden guarecer cuando quieran”, comenta.

Recuerda sobre todo ese 89 trágico de la gran inundación, cuando tuvo que cruzar hacia el Chaco buscando tierras altas para hacer su “sobrado”, vivienda precaria para esperar que el río retome un cauce normal.

Refresca la memoria en tiempos añejos cuando pasaban los “barcos almacén” que acercaban provisiones a los isleros y pobladores de la costa del río Paraguay, pero que fueron desapareciendo con el tiempo. También solían acercarse barcos de pasajeros que ya quedan en la memoria. “Se hicieron más rutas y ya la gente casi no viaja por el río, somos pocos los que lo hacemos”, relata.

“Tengo también un casco ligero de aluminio para movernos más rápido, con ese llego en una hora y media a Villa Hayes, pero nos sirve más como ‘taxi’ ja’e chupe”, dice sonriente. Explica luego que también subieron los costos de los materiales de navegación y que años atrás se podía conseguir un motor “pata larga” por 2,5 millones de guaraníes y que hoy su precio alcanza los seis.

En eso cruza un remolcador llevando río arriba un convoy de barcazas a buscar minerales. “Estos cargan allá arriba en Puerto Cáceres y Corumbá en el Brasil”, relata. “Uno de mis hijos trabaja en esos barcos y cada tanto pasa por aquí”, dice apuntando la estela del navío que se desplaza hacia el norte.

El río que fluye

“Con los años va cambiando el curso del río, por eso nosotros dependemos de Presidente Hayes porque el canal antes pasaba del otro lado, después de las inundaciones se cambió hacia el lado del Chaco”, señala.

“Casi nadie se acuerda de la gente del campo, aquí la última visita de autoridades que tuvimos fue para la época de las elecciones, después no vienen más”, comenta.

“Aquí tengo mis vacas, mi chacra, mi pesca, estoy bien”, resume. “A veces tenemos también el problema de las grandes lluvias que llenan de barro y yuyos el canal principal y matan muchos peces. Algunos logran sobrevivir escapando hacia los arroyos, pero en general la mortandad es mucha”, indica.

“En una de esas ocasiones pude atrapar un surubí de 30 kilos, tuvimos carne para una semana. Hicimos milanesas, chupín, empanadas, ere, eréa… Da gusto cuando eso”, dice alumbrando el rostro, brillando como el sol que reverbera en el río.

William Fernández Díaz
 Navegando en buenas manos

Pico de Pato se llama la lancha que guía William Fernández Díaz, que se dispone a llevar a este equipo hasta el Banco Marina. “Navego desde los 12 años”, cuenta el mitãrusu de 15 años que supo llevar su embarcación remontando el río Paraguay hasta riacho He’ê, unos cinco kilómetros al norte del Banco Marina.


 

 “No es tan lejos”, anima el navegante cuando la lancha con motor de “pata larga” navega las aguas, en apariencia calmas, del río Manduvirá, que tienen un color marrón semitransparente.

En la zona tiene ahora poco más de dos metros de profundidad y se viaja en un entorno de bosque ribereño, con mbocayás y enredaderas y el vuelo de aves diversas. A poco de andar, comienzan a divisarse refugios de pescadores, sus carpas, canoas, hasta que aparecen algunos de ellos entre un gran camalotal protegidos del fuerte sol de estos días.

 En la costa pueden verse amarradas pequeñas lanchas de transporte de ganado, que ayudan a mover los animales de una costa a la otra del Manduvirá a los estancieros locales. William va mostrando accidentes de la costa, aves que se posan en los pirizales y tacuarales de la costa, como un anó que despliega su canto.

En poco tiempo se accede a la confluencia con el río Paraguay, cuyo breve oleaje repiquetea con ritmo en el aluminio de la lancha. El ancho en esa parte ronda el kilómetro y el navegante hace gala de su experiencia sorteándolo con habilidad hasta alcanzar el recodo de un canal menor, pero de 7 metros de profundidad y de una corriente importante que muestra remolinos en la superficie. “Los mayores cuentan que el río hace esos dibujos porque abajo los pozos son bien hondos”, comenta en guaraní.

Coréografos del cielo

De costas más cercanas, en el tramo se pueden apreciar al martín pescador, los mbigua, caracoleros y unos caracara abordando un pescado en la costa con sus fuertes picos.

En el cielo, una veintena de tuyuyús regala una bella danza aérea que se engalana con los juegos de luces que hace el sol de la media mañana en su plumaje blanco y negro.

Más allá, un pescador descansa tendido en la hamaca que montó en su lancha, esperando que sus redes y cañas le retribuyan.


 

El viaje hasta Banco Marina dura alrededor de una hora y media en este tipo de embarcación y es una buena manera de conocer el río y su gente.

William es también pescador y guía de pesca para los turistas que se acercan hasta Banco’i, una isla de unas 600 hectáreas bañada por las aguas de los ríos Manduvirá, Yparaguaymi y Paraguay. Allí vive una comunidad islera que ofrece alojamiento y guía a los pescadores y reciben también a ocasionales turistas que deseen conocer las bellezas paisajísticas del lugar.

Para apreciarlas, se puede contactar a Ever Martínez al (0983) 186-670, al propio William al (0986) 742-950 o a Liz Díaz al (0983) 263-259.

 

Cómo llegar

La expedición de Nación Media a Banco Marina partió de Puerto Panta Kue en la Estación Puerto Olivares. Para llegar a este punto hay que contactar con Diana, encargada de las reservas en la Estancia Olivares, un establecimiento ganadero que ofrece la experiencia del turismo de naturaleza, al (0985) 591-221.

Viniendo desde Asunción, se debe ingresar en el kilómetro 50 de la ruta PY03 en un portón doble que se encuentra a la mano izquierda de la estancia Santa Sara. Ingresando, en el camino se hacen unos 800 metros y se toma un desvío a la derecha y se hacen unos 10 kilómetros para alcanzar la cabecera de la estancia y poco más allá ya se encuentra el puerto.

Arturo Olivares hijo recuerda a los que quieran visitarlos que se pueden hacer reservas y que no se puede acceder en días de lluvia por el lógico cuidado de los caminos, que están en buen estado.

Recorriendo el camino hacia el puerto ya se pueden apreciar bellos ejemplares de ypaka’a y kuarahy mimbi, que se mueven entre humedales y praderas en las que se ve a las vacas pastar.

 En el lugar “se puede hacer campamento, también es familiar más que nada porque no se puede poner música, es un lugar de reserva natural. Se viene para hacer la observación de aves, se puede andar en kayak, paseos de lancha, caminata por los senderos, etc.”, comenta.

“Otra cosa muy importante es que mucha gente viene para pescar y nosotros cuidamos mucho el tema de la basura, tolerancia cero a la basura y también que no se pueden sacar peces fuera de medida, todo tiene que ser reglamentario”, señala.

 Jorge Zárate

Fotos y videos de Matías Amarilla

Transporte de Armindo Irrazábal 

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