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| Emilio Barreto y su Kikito dorado, premio al mejor actor en Gramado. Foto Cristóbal Núñez, publicada en La Nación |
“
¡Hasta el Oscar podemos ganar los paraguayos, talento sobra!”,
asegura. Entiende que la premiación de la co-producción
paraguayo/argentina “Guaraní” puede abrir las puertas para una
consolidación de la industria fílmica en el país aprobando una ley del
cine, incentivando la producción nacional en televisión, etc. Un
pantallazo de una vida que bien merece un filme.
Feliz con su
Kikito dorado, la estatuilla
característica del Festival de Gramado, Brasil, que el actor lleva en un
bolso en estos días para mostrarlo en las distintas entrevistas que va
concediendo.
Está feliz porque es el premio a una vida de sacrificios y estudio,
de andar por los escenarios del teatro, por los sets de televisión y el
cine, haciendo del cuerpo una herramienta de trabajo sutil, de la
expresión un arte.
“Algo se encendió dentro mío cuando fue la primera proyección y eso
que fue muy tarde, pasaron la película a las 23…!, así que en una sala
que es para 700 personas quedaron unas 50 para verla… sin embargo cuando
terminó el aplauso fue emocionante, con esa alegría me fui a cenar”,
cuenta.
Después vinieron dos funciones más, una primera a sala casi llena que
multiplicó esos aplausos y encendió la curiosidad de los gramadenses.
“Me saludaban, me invitaban a comer cuando me reconocían, era un
fenómeno…!”, se asombra de la conducta de este pueblo que desde hace 44
años celebra el cine con la participación de los más importantes actores
y directores de nuestra América Latina.
“La tercera función fue definitiva, ahí ya me hacían presentes, me
regalaron vinos, cosas, la gente me decía por la calle que yo iba a ser
consagrado como mejor actor… era increíble… yo les decía que por favor
no me ilusionaran”.
Ya en la ceremonia, el vértigo de la victoria, la algarabía en la premiación, el momento cumbre, los flashes.
PRIMERA ESCENA
Las cosas no fueron fáciles para Emilio, de muy chico debió dejar la
Villarrica natal porque el régimen buscaba a su padre que debió
exiliarse en Clorinda después Revolución del 47. Sindicalista en el
Ferrocarril Carlos Antonio López en principio, Barreto padre es
despedido, pasa a la Fábrica de Azúcar y corre la misma suerte por
organizar a los trabajadores para reclamar sus derechos.
Al no encontrarlo, los capturaron a él, a su hermano y su madre y los
trasladaron desde Villarrica a la Comisaría 7ª de Asunción.
“Los pynandy hacían un círculo, parándose uno al lado del otro y los
prisioneros estábamos dentro, era terrible… nosotros dormíamos en el
suelo. Por suerte los camaradas del Partido Comunista nos enviaron una
compañera del Mercado 4 que vino con su burrito en el que vendía bananas
y tortillas… Los guardias permitían pasar a las vendedoras, así que
esta mujer pudo pasar a la hora del almuerzo, como eran muchos los
vendedores y muchos los prisioneros era imposible controlar todo… Así
fue que la mujer se cambió las ropas con mi madre, y a mí y a mi hermano
nos metieron a cada uno en uno de los cargueros de los laterales del
mburika y así, disfrazados, pudimos escapar…”, evoca con la mirada
acuosa y vencedora. Tenía 6 años.
ACTUAR PARA VIVIR
Ya vuelto a Villarrica, en la escuela primaria la hermana maestra lo
hacía recitar y cantar. “Me decían el Gallo Giro, porque cantaba temas
mexicanos”, recuerda. Comenzó a hacer teatro gracias a su hermano
Antoliano que era escenógrafo y lo llevó a la Escuela de Arte Escénico.
En el año 60 falleció el director de dicha academia, Roque Centurión
Miranda y, la dictadura de Alfredo Stroessner aprovechó la ocasión para
cerrarla.
Ahí estudia con maestros de la talla de Manuel B. Argüello; Josefina
Plá, Víctor Morínigo, Roque Sánchez, Mercedes Jané. “A ella le debo
mucho, fue mi profesora y me llevó a la Academia de Espectáculos
Infantiles”, contó. Trabaja con Mario Prono, con César Álvarez Blanco, y
en el 65, por su militancia gremial, por su activismo, porque si, la
dictadura lo mete preso junto a sus compañeros Rudi Torga, Arturo
Fleitas y Ñeco Rabito.
Pasó 13 años en las mazmorras. “Por rebelde, por no callarme, porque
no puedo ver la injusticia… No les dije nunca nada a mis torturadores,
por eso… les dije “mátenme y punto”… Creo que esa actitud firme mía les
venció”, señala.
Desde que asume en 1977 el gobierno del presidente estadounidense
Jimmy Carter presiona al tirano a que respete los derechos humanos.
Emilio alcanza la libertad el 15 de febrero de 1978 pero vive
indocumentado durante 6 años, haciendo teatro, trabajando en changas.
Años después llega a la televisión con Manuel Cuenca y Galia Giménez,
y en breve saltan al cine, filman Requiem para un Soldado y el Invierno
de Gunter, dos películas que merecen ser exhibidas en la televisión
nacional.
Sigue creciendo en el teatro, su historia conmueve a Jennifer Hartley
y se transfoma en la obra “El Arte del Silencio”, una puesta innovadora
en la que dos Emilios el joven y el adulto dialogan sobre lo vivido en
prisión.
Así llegó a Gales: “Aprendí de los actores del Teatro de Shakespeare la naturalidad.
Me fui a ver los ensayos y eran sorprendentes las técnicas, la sabiduría”.
Con estos elementos Emilio compuso al Atilio de “Guaraní”. “Me fui a
aprender de un pescador, lo vi tejer las redes, inclusive tome de él
aquel…(tamborilea los dedos sobre la mesa). “Le copié eso, la
naturalidad”, dice.
Lo estudió comiendo, en sus frases, en su gestualidad completa.
Se puso el traje.
“Actuar es imitar”, dirá.
Su papel es conmovedor y el de su partenaire en la película, Jazmín Bogarín, no le va en zaga.
Barreto sueña que este premio ayude a sancionar la ley del Cine, que
se pueda crear una industria. “Talento hay de sobra, hasta el Oscar
podemos llegar”, asegura contento de haberse codeado con grandes del
cine en este paso por Gramado. “No llegué a verla a Sonia Braga, pero
estuve con Cecilia Roth, está muy bien”, contó.
Esa semana inolvidable para él, es también una puerta a otra dimensión para nuestras artes escénicas.
“Por supuesto que le puse 10 a Guaraní y voté como Mejor Actor a
Emilio Barreto”, cuenta con esa risa afable, llena de vida, de este
genial artista que a sus 76 años tiene todavía mucho para dar.
Jorge Zárate
ENSEÑANDO GUARANÍ
“En el guaraní hay que escuchar bien, porque tiene cosas parecidas,
sobre todo la nazalización, se tienen 6 vocales nasales y 6 no nasales.
“A” quiere decir sombra, fruta y alma por ejemplo Kuarahy A (el alma del
sol)”, enseña Emilio Barreto.
De enseñar la lengua nativa, ésta viviendo este gran actor premiado
internacionalmente hoy y para tener la oportunidad de aprender con él,
sólo hay que llamarlo al (0961) 662-663 o contactarlo en su perfil de
Facebook.
Entiende que el galardón puede abrir oportunidades, pero hay que
enfrentar el día a día y su pasión por el idioma lo mantiene activo.
“Estoy desarrollando cursos a domicilio les pido que se junten 3 y voy a
enseñar, ahora mismo tengo 15 alumnos en distintas partes. Hago
traducciones, vienen alumnos del colegio, les paso cosas al guaraní les
ayudo, hago la traducción de guiones de películas, terminé una
documental de 70 minutos en la que se está pasando sobre trata de
blancas en la que me ayudó mucho entender cómo habla un español, un
colombiano, como construye la idea, para poder traducir sin caer en esa
idea purista de querer inventar los nombres que son palabras
larguísimas”, expone.
“No escuché una sola persona que use los términos en guaraní que se
inventan para describir la tecnología, la lengua cumple una función de
comunicación, para qué vamos a complicarnos”, dice.
PRUEBA DIFÍCIL
La película “Guaraní” compitió contra sus pares “Campaña
Antiargentina” (Argentina), de Ale Parysow; “Carga Sellada”
(Bolívia/México/Venezuela/Francia), de Julia Vargas; “Espejuelos
Oscuros” (Cuba), de Jessica Rodríguez; “Esteros” (Argentina/Brasil), de
Papu Curotto; “Sin Norte” (Chile), de Fernando Lavanderos; “Las Toninas
Van al Este” (Uruguay/Argentina), de Gonzalo Delgado y Verónica
Perrotta.