7 de septiembre de 2007

Dionisio Enciso, In Memoriam


"¡Camarada! ¡¿Cuándo vamos a hacer la revolución!?", era el saludo habitual para los que reconocía compañeros de causa.

Dionisio Enciso, periodista, obrero siempre, hacía tiempo que sentía que intentar cualquier otra cosa era perder un tiempo valioso.El se fue todavía queriendo verla, el 30 de mayo pasado, en la fría madrugada.

Dionisio se comprometía, era un hombre de izquierda.

Ayudó a los compañeros de Puerto Casado a quemar unas gomas para una fotografía que ilustró las tapas de los diarios. "Si no nos van a dar bola", les explicaba a los hijos de un pueblo que siempre vivió bajo la suela del patrón. Pasó de Casado a Moon, en una historia donde lo único digno que hizo alguna vez el congreso fue revertido por los campeones de la libertad de expresión del dinero. En Paraguay en el siglo XXI se sigue queriendo vender un pueblo con la gente adentro.

Fue chofer en la obra de Yacyretá, sindicalista, fue echado, se hizo corresponsal del ABC denunciando los robos, la estructura de injusticia que ese énclave venía a instalar en las dos orillas del río. Su buena tarea le valió la promoción a la central de Asunción.

Después pasó a La Nación donde dio su mano, su pluma amiga, a un sinnúmero de organizaciones de sin techos, sin tierras, a los vecinos que no tienen agua, que no tienen luz, a las mayorías que no tienen trabajo ni comida.Camarada conocía el país, su gente, tenía amigos en cada rincón, se movía como nadie la Gran Asunción.

Sentía las noticias.

Era un fino analista.

Su español no era el mejor y eso lo condenó ante los cortos de miras.

- "Yo no se escribir poesía, camarada", me dijo una vez.

Lo quitaron del diario por su "mal aspecto" en el 2002.

Dionisio, equivocado, sentía que sólo tenía su oficio. Fue decayendo, se rindió a los 53 años. Fue también víctima de la injusticia social, de la desorganización, de que no tengamos seguros médicos. Su situación duele porque es un espejo de lo que puede pasar con cualquiera de nosotros si llegamos a perder el trabajo a los 45 años.

Entiendo que habrá quienes recordarán sus defectos, que los tuvo como cualquier mortal.

Para nosotros queda el consejero fiel, el del terere amigo, el dueño de la fórmula exacta del Ari con pomelo, el que siempre volvía al ejemplo de la gente de pueblo para desentramar el más complejo de los escenarios, el que sacaba una sonrisa de la persona más aflijida, el maestro de oficio.

Queda el tipo que enseñaba que el tiempo no para y que es obligación de los hombres ser sus solidarios dueños.

Queda su pregunta del saludo, la obligación de darnos la respuesta.

Hasta siempre Camarada, Hasta la victoria, siempre,

Jorge Zárate

13 comentarios:

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